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septiembre 09, 2015

El perdón no es un símbolo de debilidad, sino de fortaleza

       Buen día.  El pensamiento de esta semana tiene como trasfondo la realidad violenta de la sociedad en la que vivo.  Un país que enfrenta graves problemas de inseguridad, impunidad, corrupción, etc.  Es así que surge la pregunta, ¿qué podemos hacer como cristianos?  ¿Cómo abordar este tema?

       Entiendo que una gran parte de creyentes, optan por alejarse de temas políticos, especialmente cuando estos se ven desde un punto de vista cristiano.  No es mi intención debatir de este tema.  Lo que me interesa es que podamos ser instrumentos de reconciliación y, a través de esto, proclamar el reino de Dios. 

       John W. de Gruchy, un académico cristiano, nos hace una propuesta muy desafiante: perdonar.  Él escribe desde el contexto violento que le tocó vivir, el apartheid en Sudáfrica.  Su libro Reconciliation: Restoring Justice (Reconciliación: Restaurando la Justicia), es un acercamiento muy interesante - aunque teológicamente no estoy de acuerdo con algunos de sus puntos de vista. 

       Aunque los contextos son distintos, me parece que vale la pena considerar su propuesta, y aplicarla en la sociedad y en nuestras familias y relaciones.   Espero que les brinde una oportunidad para reflexionar. 

       "Amnistía, como han dicho muchos, no significa amnesia.  Así, también, el perdón requiere de la memoria, no olvidar, lo que pasó a nuestros amados, camaradas y a uno mismo.  Pero el perdón también implica recordar el pasado de tal manera que sane las relaciones, construir comunidad y así anticipar un nuevo futuro.  Paradójicamente, este recuerdo es también una forma de olvidar, sin negar el pasado...  


      Sólo decir la verdad acerca del pasado, no sana; de hecho, puede llevar a actos de venganza violenta.  En ese momento, recordar aviva las brasas de un fuego que se extingue de tal manera que estalla en llamas nuevamente y nos devora.  La única manera de redimir el pasado es a través de memorias que han sanado, y de esta forma dejar de lado aquello que sólo puede provocar amargura y venganza.  Entonces, el perdón genuino no quiere decir que tiremos el pasado de lado y tomar a la ligera la injusticia.  El perdón nace de una profunda consciencia del mal que ha sido perpetrado, pero que sabe cómo lidiar con el mal de tal forma que lleva a la sanidad.  Nelson Mandela lo expresó así cuando escribió: 'Mi enojo contra los blancos decreció en la prisión, pero mi odio por el sistema creció, yo quería que Sudáfrica viera que amaba hasta a mis enemigos, al mismo tiempo que odiaba el sistema que nos enfrentaba uno contra el otro'.  Lo que es sobresaliente del ejemplo de Mandela es que no solamente identificó la conexión entre justicia y reconciliación, el paso del perdón, como un medio para restaurar la justicia.  Entendido de esta manera, el perdón se torna un acto creativo y sus agentes unos verdaderos artistas. 

         Desde esta perspectiva, el perdón siempre es una prerrogativa de las víctimas.  El tiempo apropiado para perdonar será escogido por ellos; el lugar donde se perdone, será su lugar; las palabras de perdón, serán sus palabras.  El perdón, como la venganza, es una protesta contra ser reducido a víctimas.  Es otra forma de expresar poder en medio de la falta de poder, pero sólo que ahora no es una expresión de destrucción sino de sanidad.  Desde la perspectiva de la cruz, el perdón transforma a la víctima en el vencedor que abraza al 'otro' en amor en lugar del vencedor que triunfa sobre el 'otro' en juicio.

       Durante su visita a Sudáfrica en 1992, Emilio Castro, un ex-secretario del Consejo Mundial de Iglesias, nos recordó que la víctima es 'la que tiene la llave para una reconciliación fundamental y verdadera, porque Jesús está presente en la víctima.'  Así como no podemos forzar a las víctimas para que perdonen, el perdón, cuando ocurre es porque las víctimas, reflejando el perdón mismo de Dios, toman la iniciativa...

       Esto apunta a la convicción cristiana de que aquellos que necesitamos perdonar 'no necesitan ser vistos como inocentes para que puedan ser amados, sino que deben recibir el abrazo aun cuando ellos son vistos como los que han hecho mal.  El perdón es, entonces, algo gratuito, no algo que los perpetradores se ganan, aunque su efectividad depende del grado de su remordimiento, arrepentimiento y reconocimiento de su responsabilidad. 

       La habilidad y disposición para perdonar es una señal de valor y fuerza moral, y como tal es una señal de sabiduría.  El perdón es el ejercicio del poder en la debilidad y sabiduría en aparente locura..."
pp. 178-180
       Quizá nos cuesta reconocer qué tanto hemos ofendido a Dios.  Es probable que no sintamos tan culpables por lo que hicimos en el pasado sin embargo, es innegable que delante de Dios, habíamos hecho mal... y nos perdonó, nos adoptó y nos abrazó con todo su amor. 

       Como sus hijos e hijas, que hemos recibido estas expresiones de amor tan grandes de forma gratuita, estamos obligados a amar a nuestro Padre celestial por encima de todo.  Al mismo tiempo, llamados a reflejar su amor, ofreciendo su gracia a otras personas.  No es un amor barato, sino que requirió justicia - no hubo impunidad.  Y fue pagado por su propio hijo, nuestro señor Jesús.



       Espero que nos desafíe como personas y como iglesia.  Que nos demos tiempo para pensar en cómo vivir en estos tiempos difíciles siendo sal y luz.

Guillermo Bernáldez Flores
 tan

agosto 18, 2011

Retirándonos



Saludos, Hace un par de meses, cuando estábamos en el proceso de mudarnos, comencé a considerar el futuro de manera más seria. Había terminado mis estudios en el seminario y el paso - en cierta manera lógico y esperado - era enfilarme al pastorado. Pasé algunos días en silencio mientras limpiaba el departamento en el que habíamos vivido. Una tarde me pregunté si estaba listo para dar ese paso. Consideré los estudios a los que me había dedicado los últimos diez años y supe que académicamente estaba listo. Pero después me pregunté si espiritualmente estaba listo y esa pregunta, literalmente me quitó el sueño por dos noches consecutivas. Temo a Dios y la idea de estar frente a un grupo de personas sin la aprobación y autoridad divinas me abrumaron. No era que mi vida fuera inmoral, sino que en las actividades de la vida diaria, había minimizado mi tiempo a solas y en silencio con el Padre.

La cita de hoy es de un libro llamado Beyond the Quiet Time (Más allá del Devocional) de Alister McGrath. Trata de este tema tan común que sé no se limita sólo a mi experiencia. La vida de muchos de nosotros - especialmente en las ciudades - se ha llenado de actividades y nuestras agendas necesitan espacio para agregar actividades y nuestros días necesitan más horas para poder llevarlas a cabo. Algunas veces nos sentimos menos culpables porque algunas o muchas de estas actividades están dedicadas a algún ministerio en la iglesia. Algunas veces ocurre que después de estas actividades nos sentimos agotados, frustrados y solitarios. Y es que la lucha que libramos no es únicamente física sino espiritual (Ef 6:12). Pero no queremos detenernos porque también pensamos que es nuestra obligación y hasta podemos llegar a pensar que somos indispensables; que si no lo hacemos nosotros, nadie más lo hará, ya sea por falta de capacidad o de voluntad. Por eso, la sugerencia para esta semana es: ¡detente! Espera en Él... y Él hará. Que lo disfruten, con calma.

"Existe un peligro real en el hecho de que los evangélicos estén tan ocupados haciendo cosas para Dios al punto de que ¡lo expulsen por tanta actividad! Nuestro deseo de hacer cosas para Dios puede obstaculizar el deseo de Dios de hacer algo por nosotros. Para estar activos en el mundo debemos ser receptivos hacia Dios y eso significa hacer espacio para escuchar a Dios, leer la Biblia, y venir delante de Él, esperando recibir su guía, ánimo y sustento. El precio que se paga por el activismo evangélico no es otra cosa que quedar exhausto. El síndrome de 'me-siento-culpable-de-no-estar-ocupado' es un síntoma seguro de alguien que está en el camino a quedar exhausto y la inutilidad.

No existe un secreto de cómo se puede evitar esto, pero sin duda debe ser evitado. Necesitamos crear espacio para Dios en nuestras vidas, y eso quiere decir disciplina - la habilidad y deseo de dedicar parte de cada día a Dios, y no permitir que nada interfiera. Pasar tiempo de calidad con Dios es la pre-condición para un servicio cristiano efectivo y sustentable en el mundo. De hecho somos llamados a ser 'la sal de la tierra' (Mt 5:13); pero esa sal puede perder su salinidad, y ¿para qué sirve entonces? Somos llamados a ser 'la luz del mundo' (Mt 5:14) - pero ¿de qué sirve si las baterías que dan poder a la luz se gastan, de tal manera que la luz se desvanece y con el tiempo se apaga? Necesitamos renovar nuestra fe, sin embargo eso es algo que, estrictamente hablando, sólo Dios puede hacer. Y eso quiere decir permitir a Dios la apertura para que nos refresque y nos renueve con su gracia y amor. Significa permitir esas oportunidades en las que Él pueda irrumpir en nuestras consciencias y hacer que su presencia se sienta en nuestras vidas.

El ejemplo de la iglesia en Laodicea debe hacerse notar aquí (Ap. 3:14-22). La iglesia era complaciente y tibia; necesitaba ser renovada. Y Cristo resucitado se encontraba llamando a la puerta, pidiendo ser admitido para poder renovarla (Ap. 3:20). Algunos cristianos tienden a estar tan ocupados que no pueden escuchar esa llamada. Con ahínco ellos se mantienen apasionadamente activos para Cristo, sin percatarse que ese mismo Cristo al que tratan de servir está también con pasión tratando de refrescarlos y renovarlos.

Una posibilidad es retirarse, sin embargo muchos cristianos reaccionan con alarma a esta sugerencia. ¡Nuestro objetivo es servir a Dios en este mundo! Por lo tanto, sugerir que nos 'retiremos' del mundo, dicen ellos, es ridículo. Ciertamente hay mucha sabiduría en esa reacción; el evangelicalismo ha sido profundamente influenciado por la espiritualidad de la Reforma. Durante el siglo XVI, el centro de la vida cristiana se movió definitivamente de los monasterios a las plazas públicas. Reformadores como Juan Calvino desarrollaron espiritualidades que afirmaban al mundo que motivaban y capacitaban a los cristianos a servir a Dios diariamente en la vida cotidiana en el mundo.

Aún así, servir a Dios en el mundo es agotador y con frecuencia desmoralizador. Los cristianos necesitamos ser refrescados, para poder reconstituir la perspectiva para nuestras vidas. Para poder ser útiles a Dios en este mundo, es necesario retirarse de este mundo, y buscar ser refrescado..."
(11-12)

Ya que la palabra espiritualidad puede ser mal interpretada, la definición que McGrath da es la siguiente: "La espiritualidad cristiana se enfoca en profundizar la vida de fe en relación con Jesús el Cristo, reconociendo en Él la plenitud de vida que Dios desea que su pueblo posea... la espiritualidad es el proceso de renovación y re-nacimiento."

La Biblia nos muestra que las cosas no dependen de nosotros. Ni aún nosotros dependemos totalmente de nosotros mismos. Somos las ramas que dependen de la Vid verdadera (Jn 15:1-2); somos el barro en las manos del alfarero (Is 45:9, 64:8; Jer 18:6; Ro 9:19-21). Si bien es cierto que somos responsables ante Dios de ser sal y luz en este mundo, no debemos pensar que lo podemos lograr con nuestra fuerza y voluntad. Nuestra fuerza, discernimiento, paz, visión y llamado vienen de Él. Dios disfruta cuando sus hijos e hijas pasan tiempo con Él. Para hacerlo es necesario dejar de hacer otras cosas y dedicarle nuestra atención únicamente a Él.


Mi oración es que podamos aprender a dejar de hacer cosas, aunque parezcan importantes e impostergables y dediquemos ese tiempo a nuestro Padre.

Guillermo Bernáldez.