
Buen día,
Ya estamos de regreso después de haber pasado unos días fuera de la ciudad visitando a la familia.
Ha sido un buen tiempo para disfrutar con la familia, pero al mismo tiempo para retomar perspectiva, pensar y leer. La cita del día de hoy es de Andrew Murray, pastor y evangelista sudafricano (1828-1917). Sin duda, uno de sus temas favoritos fue la santidad. No porque creyera que la salvación se gana por comportarse bien, sino porque estaba verdaderamente maravillado por la santidad de Dios.
Para volver a la cita, la encontré en un libro devocionales llamado, atinadamente Andrew Murray: La Santidad, editado por Lance Wubbels. En cuanto al pensamiento, en sí, es acerca de la santidad divina y cómo es que esto afecta nuestra forma de vivir, ya que somos imagen y semejanza de Dios. El devocional comienza con las palabras del profeta Isaías "vi al Señor excelso y sublime, sentado en un trono; las orlas de su manto llenaban el templo. Por encima de él había serafines, cada uno de los cuales tenía seis alas: con dos de ellas se cubrían el rostro, con dos se cubrían los pies, y con dos volaban. Y se decían el uno al otro:
Espero que les agrade.
"La santidad es el principal y más glorioso atributo de Dios, no solamente en la tierra, sino también en el cielo. Los más brillantes de los seres creados, quienes están siempre delante, alrededor y encima del trono divino, encuentran su gloria adorando y proclamando la santidad de Dios. Con toda seguridad no puede haber por nosotros algo superior, que adorar, proclamar y mostrara la gloria del Dios tri-uno y santo.
La iglesia, en todas las épocas, ha relacionado la triple expresión de la palabra santo con la trinidad. El canto de los seres vivientes alrededor del trono en Apocalipsis capítulo cuatro es la prueba de esta verdad. Tras la solemne exclamación triple: Santo, santo, santo, los seres vivientes exaltan al que era, que es y que ha de venir, al todopoderoso: la fuente eterna, la manifestación presente del Hijo, el futuro perfeccionamiento de la revelación de Dios mediante la obra de su Espíritu en su iglesia.
40-42
Murray tiene razón, Dios es Santo, santo, santo. Cuando olvidamos esto, corremos el gravísimo peligro de entender qué tan miserable era nuestra vida antes de que nos rescatara y adoptara. Como consecuencia, minimizaremos el valor del sacrificio de nuestro señor Jesús.

La vida de santidad ha sido cambiada, erróneamente, por una serie de reglas y comportamientos que, muchas veces, no tienen fundamentos bíblicos. Espero que, como dice Murray, tengamos la oportunidad de descubrir la maravillosa santidad de nuestro Padre celestial.
Guillermo Bernáldez F.
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