

Cuando Jesús nos enseña a orar, incluye la frase "Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores" (Mt 6:12). La pregunta que debemos preguntarnos es si verdaderamente los hemos perdonado. Si no lo hemos hecho, las consecuencias a nuestra propia oración son aterradoras.


Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.
El amor es el centro de la narrativa de la muerte de Cristo que hace el apóstol Pablo. Pero sorpresivamente, y hasta escandalosamente, el amor no es únicamente por las víctimas, sino también para los perpetradores - para aquellos que "no tienen poder" porque ellos fueron atrapados por las trampas de la "impiedad," aquellos que son injustos, "pecadores" que merecen la ira de Dios, "enemigos." Por supuesto que esto no implica, en los textos de Pablo, que este amor no es para los que sufren. Una mirada a sus instrucciones de cómo recordar la muerte de Cristo cuando se celebra la Cena del Señor, por ejemplo, revelará que Pablo considera una gran falta cuando el rico arrogante 'humilla a aquellos que no tienen nada' (1Co 11:22). Y aún así, en el corazón de su evangelio existe una convicción de que Dios ama a los injustos - los ama tanto que Cristo murió por ellos y en lugar de ellos. Injusto - el tipo de persona que Pablo era antes de haber sido llamado a ser apóstol. Una persona muy piadosa pero profundamente equivocada. Una persona que hace lo malo quien persiguió a la gente simplemente porque ellos adoraban a Jesús como el Mesías. Y entonces el Dios de gracia encontró a éste el 'primero' de los pecadores en el camino a Damasco (Hc 9:1-19; 1Tim 1:15).

También erramos si creemos que el sufrimiento de Cristo de alguna manera fomenta la pasividad de la persona abusada para que acepte el abuso. El mensaje de la cruz no es el de legitimar la "fuerza de la gente para servir en funciones que ordinariamente hubieran sido ocupadas por alguien más", como dice Dolores Williams. La sustitución es un regalo iniciado y dado voluntariamente a los que hacen el mal por el que recibió la maldad - Jesús, y no es una carga de servicio colocada en un extraño. Y es un obsequio que, lejos de señalar la pasividad en la aceptación del abuso, cuestiona de la forma más radical dicho abuso. Porque condena la maldad al mismo tiempo que libera al que ejecuta la maldad, quien recibe el perdón con arrepentimiento, no sólo del castigo y la culpa, sino también del dominio de los actos malvados en sus vidas.
(115-117)
Con frecuencia etiquetamos a los que nos han lastimado y olvidamos que Jesús los ama también. Jesús también murió por ellos - si es que ellos lo reconocen como salvador. Su deseo sigue siendo que nadie se pierda (Mt 8:14). Si amamos a Dios, ese debería ser nuestro deseo también.
Todos somos pecadores, nadie es justo y nadie puede hacer algo para hacerse merecedor de el amor de Dios y de la salvación. Cuando sabemos esto, podemos recordar que la gracia de Dios es para todos - y nosotros debemos reflejar esa gracia.
Guillermo Bernáldez